Se trata de Metalúrgica Gómez e Hijo, un emprendimiento familiar liderado por Claudio y Mauro Gómez. Desde 2011, transforman el sector agropecuario diseñando y montando plantas «llave en mano» de expeller y aceite. «A los seis meses nos vuelven a llamar porque quieren expandirse», aseguran.
Lo que comenzó en 2011 como un taller metalúrgico familiar en Coronel Pringles, hoy es una realidad industrial con proyección internacional. Metalúrgica Gómez e Hijo, firma comandada por Claudio Gómez y su hijo Mauro (conocido cariñosamente como «El Ruso»), se consolidó en el competitivo mercado del agro y el valor agregado en origen, llevando la mano de obra pringlense a diferentes provincias argentinas y a países vecinos.

«Arrancamos en 2011. Mi viejo toda la vida fue metalúrgico y soldador, ya venía con mucha experiencia. Ese año se dio la oportunidad de armar la primera fábrica y, a raíz de eso, se fueron abriendo puertas por todo el país», relató Mauro Gómez en diálogo con El Orden. En una época donde las redes sociales no tenían el peso de hoy, el crecimiento fue puramente artesanal: «Nuestra propaganda era el trabajo bien hecho y la prolijidad. Fuimos creciendo de boca en boca».
De Pringles a Bolivia y Brasil
Una de las particularidades de la empresa es que, paradójicamente, la gran mayoría de su producción se despliega fuera del distrito. El mapa de sus proyectos impresiona: recorrieron la provincia de Buenos Aires, Santa Fe, instalaron dos plantas en Salta, dos en Bolivia, pusieron en marcha otra en Brasil y actualmente planifican un nuevo montaje en Córdoba.
«Llevar el nombre de Pringles y que en otros lados reconozcan que desde un lugar tan chico sale gente capaz de levantar semejantes estructuras es algo muy lindo», destacó Mauro, quien se encarga operativamente de la fabricación y el montaje en el terreno, mientras que su padre Claudio maneja los números finos, el asesoramiento comercial y la atención al cliente.
El sistema «Llave en mano»: de Pringles al campo
El servicio que ofrecen es integral y elimina cualquier dolor de cabeza para el inversor. El proceso de armar una fábrica estándar lleva unos cinco meses: tres meses de fabricación neta en los talleres de Pringles y dos meses de ensamble final en el campo de destino.

La empresa entrega la planta completamente equipada con desactivador, extrusor y prensas, además de toda la mecanización de norias y sinfines. «El dueño lo único que tiene que hacer es levantar la térmica y ponerla en marcha. Hoy los números para manejar una aceitera o una planta de expeller son muy buenos; de hecho, a los seis meses casi todos nos llaman de vuelta porque se quedan cortos y quieren expandirse», graficó el joven productor.
